Para conseguir este carnet tuve que pagar 50 euros la primera vez, en una empresa de formación cuyo negocio consiste en impartir cursos. Éste consistió en tres horas de cháchara con un profesor simpático, la entrega de un libro que repasamos por encima en clase y unas cuantas anécdotas. Además de los 50 euros.
Cuando nos lo hicieron en el curso, nos dijeron que no se nos haría entrega del documento hasta el final del curso, de ese modo nos saldría gratuito. Si teníamos que dejarlo y lo queríamos, debíamos pagar por él.
Para superarlo estuvimos 3 ó 4 horas escuchando a una monitora que, al final, nos hizo un examen para el cual nos dió las respuestas. Nuestra profesora ya nos había advertido: tenía que asistir desde otra provincia para el evento y no le hacía la menor gracia, así que si alguien suspendía, ya se encargaría ella de cambiarle las preguntas para que aprobara.
Un mes después, más o menos, entraron dos nuevos alumnos que han trabajado tanto o más que los demás. Eso sí, sin el carnet. Se supone que está prohibido, pero el veterinario no se sabe las caras de todos los alumnos y en sus exámenes rutinarios no revisa quién tiene el carnet y quién no. Es puro trámite, pero se trata de un trámite que éste traidor adora profundamente.
Ojalá hubiésemos suspendido todos.
Realizaron su examen respectivo después de haber descuartizado más pollos que yo, lo cual no cumple con la normativa legal estipulada respecto a las condiciones sanitarias.
Es inadmisible, por supuesto.