13.4.09

La sala de máquinas (II)


He vuelto a toquetear las máquinas que controlan las cámaras de refrigeración. Cabe la posibilidad de que no funcionen el próximo día de trabajo, o quién sabe qué. Espero ansioso cualquier cambio en la rutina diaria.

La traición no descansa.

He encontrado un arreglo para la total despreocupación que nuestra tutora siente hacie el horario establecido. Tras preguntar la hora para que todos sepan que se acerca el momento fijado para el final de la jornada, y comprobar que nadie hace la menor pregunta sobre si recogemos o no, he esperado el momento de salir y he salido. Sin más. No importa cualquier reproche que me hagan: he salido justo a las 14.00 horas. Ni más ni menos.

Parece lógico que nadie se queje. El último día la profesora nos habló de que ella decidía a quién recomendar para un posible puesto de trabajo, y por supuesto, los mejores serían quienes se lo llevaran. Pese a la gran responsabilidad que dicha decisión conlleva, no parece importarle lo subjetivo de su opinión, por lo que a mí tampoco me interesa hacer méritos para tenerla contenta.

Arrastrarse por un puesto de trabajo es tarea de pusilánimes que bien podrían estar lamiéndome los zapatos.

Un traidor sólo se arrastra si ello conlleva más traición, no un simple y sucio beneficio económico.